
POSTREALISMO Por Sofía Dourron El origen del mundo (1866) de Gustave Courbet produce, aún 160 años después, un amplio espectro de reacciones: desde el rechazo y el asombro hasta un voyeurismo encubierto. Sin embargo, si seguimos la interpretación de Linda Nochlin, la obra, ante todo, cristaliza una estructura de poder naturalizada e institucionalizada por el arte occidental que permanece vigente hasta el día de hoy. Al despojar a la figura femenina de un rostro, Courbet le niega identidad y subjetividad, y la reduce a objeto pasivo de contemplación para un espectador implícitamente masculino y un pintor, claro está, siempre activo. Esta violencia que la obra materializa se extiende también a su título: llamar “el origen del mundo” a los genitales femeninos transforma el cuerpo en una especie de alegoría universal en el mismo gesto que borra a la persona que lo habita. Para Nochlin, esto manifiesta la lógica del realismo como ideología: lejos de ser un registro neutro, el realismo del siglo XIX reprodujo y legitimó las relaciones de poder ya existentes en el sistema político y social europeo. El régimen de visibilidad que la obra instaura se amplifica a través de una historia de ocultamientos y relatos entre míticos y literarios. Comisionada por el diplomático turco Khalil Bey, quien la mantuvo oculta primero tras un velo y luego detrás de un panel con un paisaje nevado, la pintura desapareció de la colección Hatvany de Budapest durante la Segunda Guerra Mundial para reaparecer en París, vendida a un comprador anónimo.Tras la guerra, la obra encontró un nuevo destino en la casa de campo de Jacques Lacan. Paradójicamente, el psicoanalista la ocultó detrás de un dispositivo de madera creado por André Masson, cuya cubierta un dibujo esquemático de la pintura original diseñado por el mismo Masson se deslizaba para revelar la obra original, reforzando una vez más el orden simbólico patriarcal que anida dentro de la obra. No fue hasta 1988 que El origen del mundo finalmente se exhibió de manera pública en el Brooklyn Museum, terminando con más de cien años de velos y leyendas. La obra homónima de Jazmín López, que da título a esta muestra, propone una recreación audiovisual una toma continua de diez minutos de la pintura de Courbet que desmonta, a través de la exposición de los dispositivos de creación de las imágenes, las narrativas erotizantes del original. Desde el comienzo de la obra de Jazmín, el montaje y el diálogo en off entre las mujeres que forman el equipo de producción anulan la función narrativa clásica del cine y proponen una reflexión sobre el arte, el anonimato y el acto de mirar; cuestionan cómo el encuadre y la mediación dan forma a la percepción, mientras, al mismo tiempo, desarman algunos de los recursos más hegemónicos del medio. Al mismo tiempo, la insistencia en un plano fijo y continuo niega el raccord sexualizado del ojo que recorre el cuerpo y desarticula, en una sola toma, la male gaze descripta por Laura Mulvey. La obra fuerza, en cambio, la atención sobre las operaciones de recorte del cuerpo, mientras que el diálogo repone y revela las condiciones de producción y circulación de la imagen. Ese único plano largo va, lentamente, dando lugar a la aparición de un detrás de escena que expone cada vez más el artificio cinematográfico hasta deshacerlo por completo: la modelo se levanta, alguien le ofrece un café, el equipo festeja, el set se desarma. La muestra insiste en estos procesos de mediación que operan sobre las imágenes a través del uso del espacio: el acceso habitual a la sala principal ha sido bloqueado por un muro de durlock y quienes la visitan deben atravesar primero las oficinas y, luego, la trastienda de la galería uno de los dispositivos por excelencia para la circulación del arte antes de acceder a la obra. La ficción se derrumba, sus herramientas la traicionan. El origen del mundo de Jazmín mantiene el formato original de la pintura de Courbet, pero amplía radicalmente su escala para, con ese gesto, interrumpir tanto la historia de invisibilización de la pintura como las estructuras de poder construidas alrededor del cuerpo yacente y de las miradas externas que lo consumen. La sobredimensión del cuerpo en la pieza de Jazmín anula o abruma al espectador, que ya no consume la imagen desde una posición de poder sino que es subsumido, casi aplastado, entre las piernas de la modelo. Ese gigantismo transforma la figura objetivada y despojada del original para restituirle una fuerza y un posicionamiento renovados dentro del ordenamiento del sistema del arte pictórico occidental. Si el realismo de Courbet abrió nuevos horizontes al retratar el mundo sin idealizaciones e incorporar la dimensión política y social como materia artística, lo hizo reforzando al mismo tiempo los espacios y las miradas masculinas. La operación de Jazmín va más lejos para pensar lo que viene después del realismo: al revelar los dispositivos de la imagen cinematográfica y pictórica, produce un doble movimiento sobre lo real. Tanto la obra en video como la serie de collages que la acompañan nos muestran que el realismo no imita la realidad, sino que la construye: selecciona, organiza y da forma a los sujetos y objetos que la componen, moldeando nuestra percepción con especial insistencia en los cuerpos feminizados y sus regímenes de consumo y visibilidad. Los fragmentos de historia del arte que se reconfiguran y tensionan con imágenes de libros y revistas en los collages montados sobre espejos nos reflejan para retomar algunas preguntas que perduran en el tiempo: quién tiene derecho a mirar, en qué condiciones y con qué consecuencias.

Juan Ramírez de Velasco 1287, C1414AQY Cdad. Autónoma de Buenos Aires, Argentina
Villa Crespo, Buenos Aires